Todos los fuegos, el fuego.
No quedan huecos donde esconderse, no hay salida, se huele quemado, sólo se olfatea humo. Allí, en medio de esa imagen tan dolorosa y siniestra, aunque parezca una ilusión óptica, hay una luz. Sí una luz que no es lumbre roja y amarilla, es una luz blanca, que titila, sostenidamente, flamea a causa de los aires espesos. Sin embargo, no cesa, no se detiene, no se apaga. Es incomprensible que no se sume a la pira.
Él descubre mientras la mira que está envuelta en "algo" indefinible que la protege de todo contacto; entonces busca llegar a ella, tomarla entre sus manos, colmar su sed de luz, con algo que no lo queme definitivamente.

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